Ir más allá

Cuando Dios nos da una promesa, no necesariamente se cumplirá en esta vida. Creemos que todo lo que Él nos ha prometido tiene que cumplirse en el tiempo y el momento que nosotros queremos, o bien, que necesitamos, pero eso no siempre es así

Recuerdo cuando Dios le dijo a Abraham que su descendencia sería como las estrellas, como las arenas del mar, pero solo le dio un hijo llamado Isaac, y nunca vio esa promesa cumplirse. Ahora es cuando vemos su cumplimiento al ser nosotros sus hijos, pasadas muchas generaciones. Dios lo que promete, lo cumple, pero en su tiempo, en su lugar y en su momento, sea aquí o en la eternidad.

¿Pero que pasa cuando el cumplimiento de esas promesas está en nuestras manos?

Las promesas de Dios siempre son condicionadas a una sola cosa, a que nosotros las creamos y hagamos todo lo que nos toca hacer para recibirlas, o por lo menos, abrir el camino para que lleguen. Si pudiéramos imaginarnos un cuarto en el cielo donde están todas las promesas, podríamos ver que la gran mayoría están en la sección de “no reclamadas”. He visto a muchísimas personas que nunca han recibido la bendición del Señor, porque no les da la gana, no porque Dios sea un mentiroso, que promete y no cumple, sino que el interesado nunca hizo lo que tenía que hacer para recibir el regalo de Dios.

Hay promesas de trabajos nuevos, pero no salimos a la calle a buscarlos. Hay promesas de empresas y negocios exitosos, pero no apagamos el TV. Hay promesas de maridos y esposas, pero no somos decididos en decirle lo que sentimos a la persona que amamos. Hay promesas de ser misioneros en otras naciones, pero ni siquiera tenemos pasaporte. Hay promesas de carros nuevos, pero no hay licencias para conducir, y hay temor de hacer los exámenes respectivos. Hay tantas y tantas promesas que no se han cumplido, por nosotros mismos…

¿Qué esperamos? Hagamos que las promesas de Dios se cumplan. Cumplamos con nuestra parte.

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