Espero que nunca me pase a mí

Después del devastador sismo y el posterior tsunami en en noreste de Japon, cientos de voluntarios y trabajadores de rescate de distintas organizaciones internacionales se han acercado a Japon para ofrecer su ayuda.

Este es el testimonio de un rescatista: “Nos estamos acercando a la ciudad de Sendai. No sé con qué me voy a encontrar. El área cerca de la ciudad está plagada de helicopteros militares y civiles, grandes y pequeños. Con dificultad, nuestro grupo de voluntarios logró encontrar un autobús para viajar a Sendai. La ciudad está lejos. La mayoría de las casas estaban hechas de madera, el material tradicional para la construcción de viviendas. Éstas son muy débiles, por eso la mayoría quedaron completamente destruidas.

Cuando vamos para la ciudadela un hombre nos detiene, está llorando. Nos suplica que lo ayudemos a rescatar a su hijo. Dice que puede escuchar su voz bajo los escombros. Al llegar vemos que no queda nada en pie. Excavamos durante horas. Perdimos la esperanza, pero su llanto hace que continuemos con nuestro esfuerzo. La cantidad de escombros es tan grande que hicimos traer una excavadora para que nos ayude. Cuando la máquina comienza a trabajar, encontramos los cadáveres. Él se arroja sobre los cuerpos y llora fuerte. En cuestión de segundos perdió el resultado del esfuerzo de toda su vida…

Cuando recuerdo esta escena, pierdo el control y yo también me echo a llorar. Es triste levantar el cuerpo de una madre y pensar: “¿Qué haría si fuese mi propia madre?”. Una sensación extraña invade mi corazón. He recibido cientos de horas de entrenamiento para hacer este trabajo, pero ahora que me encuentro en esta situación real siento un vacío en mí. Y solo espero que nunca me pase a mí, ni a mi familia, ni a nadie.”

Cuando vemos situaciones tan crudas como las que se experimentan en Japon o en cualquier otro lugar donde haya ocurrido una catastrofe de esta magnitud, lo primero que le pedimos a Dios es “por favor, que eso nunca me pase a mi, ni a mi familia”. Porque en cierta manera queremos ser inmunes a las situaciones difíciles.

Creemos que Dios solo trabaja con “cremitas” y “pañitos suaves”; pero se nos olvida que a veces son necesarias las lijas, los martillos y las palas para formarnos. Será necesario la muerte de tu negocio para que entiendas?, o unas vacaciones a la cama del Hospital ¿para que el plan de Dios se cumpla?…

Poner nuestras vidas en las manos de Dios no implica inmunidad a las situaciones difíciles; al contrario, porque lo primero que Dios pide de nosotros, es nuestra cabeza. En otras palabras “que nosotros muramos día a día”. Tengamos nuestra vida guardada en Él, para que cuando las situaciones difíciles y duras lleguen, podamos resistir.

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